martes, 11 de julio de 2017

Tiempos modernos



«Niños eran los de antes: dóciles, puros, amables, y sobre todo, magros», dijo la bruja, tras medirse el colesterol.
Foto © Desconocido
.

martes, 27 de junio de 2017

La chica del paraguas



A LA HORA de la siesta, la ciudad era un horno. Y yo me estaba cocinando en la esquina de Lavalle y Belgrano, cuando vi que una chica venía caminando hacia mí con un paraguas abierto. Con este sol eso no tendría nada de extraño, si no fuera por el hecho de que llovía dentro del paraguas. Era una lluvia tenue, de esas que mojan al cabo de un rato.
—¿No sabés si ya pasó el 223? —me preguntó.
—Debe pasar en cualquier momento —demoré en responder.
La chica giró una perilla en el mango del paraguas y la lluvia se incrementó de manera considerable. Se la veía tan a gusto que dolía.
—¡Qué sol para esta esquina sin sombra! —dije chambonamente al tiempo que me secaba el sudor de la cara.
—Si no te importa mojarte… —me susurró la chica, haciéndome un lugar bajo el paraguas.
Y de repente oí mi nombre como un eco lejano, y sentí que me zamarreaban y que me palmeaban las mejillas. Era la impuntual de mi novia.
—¡Estás empapado!, ¿qué te pasó? —dijo.
—No le pregunté cómo se llamaba —atiné a contestar.
—¿Cómo se llamaba quién?
—¡La chica del paraguas! —exclamé, mientras la observaba ascender, completamente seca, al 223.

.

lunes, 12 de junio de 2017

La ordenanza



UNA MULTITUD se había reunido al pie de un par de edificios. No soy hombre de seguir los hábitos de las multitudes, pero me detuve y levanté la cabeza a imitación de mis congéneres. Un tipo, paraguas en mano, recorría sobre un alambre la distancia entre ambos edificios.
—¡Pobrecito! —exclamó una mujer a mi lado—. Ya llegó la policía.
—Sí, me temo que va a ir preso —dije.
—¿Ir preso?... ¡No! ¡Le van a cortar la cuerda!
—¿De qué está hablando usted?
—La ordenanza 9083, en su artículo 56, inciso C, dicta que: «Nadie usará los edificios para caminar sobre un alambre, so pena de cortársele, en pleno uso del mismo, el susodicho alambre».
—¡Eso es una locura!
—Así son nuestros concejales, caballero; siempre tan atentos a las necesidades de la comunidad. —Y levantando los brazos, agregó:— ¡Mire! ¡Qué rapidez cuando quieren!
Puse una mano en visera y observé que, efectivamente, uno de los policías se disponía a cortar el cable.
—¡Hay que hacer algo! —grité.
—¿Pero qué? —dijo la mujer mientras se persignaba.
Entonces la cuerda ganó el vacío y fue a parar, como un latigazo, sobre la cara del otro edificio; pero el hombre permaneció allí, flotando en el aire, riéndose de la autoridad, hasta que, tras hacernos una gentil reverencia, cerró el paraguas y se dejó caer lentamente hacia el cielo.
La multitud vitoreó al funambulista, yo invité a mi interlocutora a tomar un café, y, claro está, los concejales derogaron, aquel mismo día, la ordenanza 9083.

.

lunes, 29 de mayo de 2017

Herencias



MI AMIGO Juan era un borracho perdido. A tal punto que sufría del famoso delirium tremens. Pero él no veía insectos, ni monstruos, ni cosas horrendas sino a un inofensivo elefante rosa. Lo de inofensivo, por supuesto, lo decía él, no su hígado, que más pronto que tarde lo abandonó en la estacada. ¡Qué buen tipo era Juan! Por eso me pareció de lo más normal que su abogado me notificase que estaba incluido en su testamento. Él sabía de sobra que le envidiaba la moto. No obstante, la moto se la legó a su hermana, que tenía miedo de andar hasta en triciclo; a mí, en cambio, me heredó su elefante rosa. Juan me había hecho ilusionar con el único fin de gastarme una broma de mala muerte. Con el aditamento de referirse al elefante, y no a mí, como «mi más preciado amigo». Al regresar a mi casa de lo del abogado, cerré la puerta de golpe, y casi al instante sonó el timbre. No tenía ganas de atender, pero, fuera quien fuese, se había olvidado de quitar el dedo. «¡Ya me va a escuchar!», chillé, mas al abrir no pronuncié palabra. Una trompa larga y rosa tocaba el timbre. «Mire —dijo el elefante a la vez que me tendía un documento—; aunque yo hubiera preferido la moto, aquí consta que Juan me lo dejó a usted como herencia».
.

lunes, 15 de mayo de 2017

Las dos caras de la ventana



DICEN que nunca pasa nada interesante en los pueblos de provincia, pero se equivocan. En el mío llevamos trece meses de invierno. Al principio la gente no le daba importancia —«el cambio climático», decían a modo de chanza—, pero ahora hace tiempo que no hablan de otra cosa. Se preguntan si en el resto del país sucederá lo mismo. Nadie lo sabe. La televisión, la radio, internet, todo está fuera de servicio. Hay quienes proponen mandar voluntarios a las localidades vecinas, pero en cuanto alguien se aleja del pueblo, se enfrenta a un clima por demás crudo. Tan solo a un par de kilómetros, la nieve se extiende como un mar blanco. No hay vehículo ni piernas que lo resistan. Aun así, la nieve nos sigue resultando ajena…
Suspiro, dejo el lápiz anclado entre números, y miro a través de la ventana. Entonces mamá cierra la Biblia, y me pregunta, con voz fingidamente luminosa, si necesito ayuda. Con entusiasmo, le digo que sí. Ella me explica cómo resolver las divisiones con decimales, y mientras tanto, ya no piensa en el frío, en la falta de provisiones, en ese viento ronco que la desvela. Y sonríe.
.

domingo, 30 de abril de 2017

Un largo e importante partido



«La Luna se está alejando de la Tierra; pero no hay de qué preocuparse, ya que se trata de un proceso de miles de millones de años, al cabo del cual se estabilizará en una nueva órbita», aseguran los expertos. Ignoran que, en el año 2053, Edmund Scott acelerará intencionadamente dicho proceso mediante una reacción en cadena del helio-3 que recubre la superficie lunar. Lo sé porque acabo de volver del futuro. Y no he tenido corazón más que para darle las buenas noches al pequeño Edmund, y decirle que mañana sí, por primera vez, iré a verlo jugar.
Safe Creative #1704251901411

El presente texto resultó finalista de la III Edición Premios Aquae de Microrrelatos Científicos 2016, que organiza la Fundación Aquae. (Página 91, del libro digital).
Imagen © Fundación Aquae
.

domingo, 16 de abril de 2017

El precio



LAS PUERTAS y ventanas de la casa están abiertas de par en par. Los muebles lucen impecables, la mesa está puesta, el hogar encendido. Pero nadie responde a nuestras voces. Nieva y un viento helado se levanta.
—¡Entremos! —le digo a Paula.
Atravesamos el umbral y un golpe de viento cierra puertas y ventanas.
—¿Qué habrá pasado con los dueños de la casa? —me pregunta, y se queda con la mirada absorta en el fuego.
—No lo sé —respondo, y le señalo seducido los manjares sobre la mesa.
Como y bebo bestialmente. Paula me observa angustiada sin probar bocado.
—¡Marchémonos! —exclama de pronto, la mirada vuelta al fuego.
—¿Estás loca, mujer? —le grito desconociéndome, y agitando la copa furiosamente, ordeno—: ¡Más vino!
Paula toma la jarra, finge que me va a servir, pero corre hacia el hogar y la vierte sobre el fuego. De golpe, todas las puertas y ventanas se abren. Con pavor observo que los muebles están derruidos, la mesa vacía, el hogar colmado de cenizas sin tiempo.
Y caen los últimos copos de nieve y el viento cesa.
Ella me toma de la mano y me conduce fuera de la casa. Mientras recobro el aliento, siento cómo la mano de Paula se hace cada vez más blanda, y cuando la casa desaparece, me hallo aferrado a un recuerdo y al aire.
.

sábado, 1 de abril de 2017

Náufragos



A mi amado Duque
(25 de septiembre de 2011 – 1 de febrero de 2017)
CUANDO comenzaba a flaquear, vi el bote. Pensé que no había nadie a bordo, pero al tratar de subir un gruñido me contuvo. Un perro de respetables colmillos custodiaba el cuerpo de un hombre. Permanecí en el agua un rato más, hasta que el perro dejó de gruñir. Ya sobre lo seco, encontré varios bidones con agua; bebí con fruición, y el can apartó la cabeza del pecho de su amo. Vertí un poco en mi palma y se la ofrecí. Bebió con idéntica fruición; varias palmas. Luego me aproximé al hombre que, como supuse, estaba muerto. Acaricié la cabeza del perro y cubrí el cuerpo del difunto con una manta. Había en el bote algunas provisiones que tampoco dudé en compartir con mi nuevo amigo. Cuando éstas se acabaron, me las ingenié para pescar. A él le costó más que a mí acostumbrarse al sabor de la carne cruda. Podría decirse que pese a las circunstancias todo marchaba bien, a no ser por el hedor del cadáver. Una mañana, ya harta mi nariz, lo arrojé al mar. El perro me miró tristemente, bajó la cabeza y se lanzó tras su dueño. Cuando me rescataron, llevaba cinco días sin probar bocado.
Safe Creative #1703211196720

El presente texto ha recibido una mención en la primera propuesta anual del VI Certamen de relato corto para mesilla de noche, que organiza el sitio Esta noche te cuento.

.

miércoles, 15 de marzo de 2017

En la buhardilla



LOS SÁBADOS de madrugada, mientras me cree dormido, mamá sale de casa y regresa siempre con un extraño. Tras cuchichear brevemente en el living, los invita a subir a la buhardilla. Con cautela, los sigo; pero como echan llave, no sé lo que hacen. Me imagino que practican algún tipo de arte marcial, porque mi mamá suele abandonar la habitación con la ropa desarreglada como en los combates de yudo. Pero tengo la seguridad de que ella siempre gana, y de que ésa es la razón por la cual nunca he visto a nadie salir de la buhardilla. Muertos de vergüenza, los tipos se escapan por la ventana. Sin embargo, hace un mes, la puerta quedó sin llave.
Mamá se hallaba en el centro de una telaraña gigante, y a su lado yacía, medio envuelto en un capullo, el extraño de turno. Al verme, ella ocultó su rostro tras sus ocho extremidades y me suplicó que cerrara la puerta. Desde entonces mamá se la pasa llorando en la buhardilla. ¡Y para colmo está tan demacrada! Lo mejor será que ponga un aviso ofreciendo la buhardilla a hombres solos.
Safe Creative #1703101090121

El presente texto obtuvo el 2º premio en el 3º Concurso de Microrrelatos de Terror de Sabadell y Librerío de la Plata (marzo de 2017).
.

martes, 28 de febrero de 2017

Últimas cortesías



EL HOMBRE arrojó una palada de tierra y recién entonces se dio cuenta de que la mujer conservaba los ojos abiertos. Sin pensarlo, clavó la pala en el suelo y descendió al pozo. Una, dos, tres veces pasó su mano por aquellos ojos que, en otras tantas ocasiones, volvieron a abrirse. Bufó. Durante veinte años ella nunca le había dado el brazo a torcer, y pese a las limitaciones de su nueva circunstancia, parecía dispuesta a seguir con su costumbre. El hombre, incapaz de resignarse a esta última derrota por pequeña que fuese, salió de la fosa raudamente. Tras desordenar media casa, regresó con el pegamento que su mujer le había encargado comprar. Leyó el prospecto, le cerró los ojos y, manteniéndolos apretados, los colmó de adhesivo. Cinco minutos después, al retirar la mano, la mujer volvió a abrir los ojos con el añadido de que se clavaron, viva e intensamente, en los suyos. El hombre profirió un alarido al tiempo que una palada de tierra golpeaba su rostro. Pensó que era eso lo que súbitamente le vedaba la visión, pero, tras recibir una segunda palada, la mujer dijo:
—Yo tampoco quería que te entrase tierra en los ojos.
Safe Creative #1701200405808

Foto © Desconocido
.

sábado, 18 de febrero de 2017

Ropa de estación



CON LA LLEGADA de los primeros fríos, te dirigís al armario y buscás en el segundo cajón aquel pulóver verde con filigranas de ositos.  Ponés el pulóver sobre la cama y sacás de otro cajón un par de medias gruesas de lana. Luego abrís la puerta con luna y pasás percha tras percha, hasta que das, debajo del guardapolvo, con la camisa leñadora que tanto le agrada. Finalmente, cuando la muda de ropa está completa, apagás la luz y salís de la habitación esbozando una leve sonrisa.
Durante días y más días la ropa persiste allí, intacta; como intacta persiste tu esperanza de que un día ya no la encuentres sobre la cama… Y que lo de la curva no haya sido más que un largo y triste sueño de invierno.
.

jueves, 19 de enero de 2017

A un metro y medio de altura



AL APARTAR la vista del libro, lo veo. Atónito, limpio mis anteojos y vuelvo a mirar. Un gorrión, en efecto, se ha quedado suspendido en el aire. La gente discurre tan abismada en sí misma que nadie más que yo se da cuenta de esta singularidad. A poco, y tras pasarle una mano por arriba para constatar que ningún hilo invisible lo sostiene, noto que el gorrión alterna su mirada entre mi persona y el piso. Me acuclillo para buscar no sé qué, y, justo antes de pararme, descubro fortuitamente algo en su pecho. Entonces, con delicadeza, le doy cuerda.
Safe Creative #1701080315839

El presente texto obtuvo una mención en el IV Certamen de Microrrelatos "Realidad Ilusoria".
.

martes, 3 de enero de 2017

Litoral



En el número 262 de la revista «Litoral» (aquélla que naciera en tiempos de la generación del 27), dedicado a los trenes, ha aparecido publicado mi microrrelato «En la estación». La revista, que más que revista es un libro, hace un recorrido por la presencia del tren en el arte y la literatura. En palabras del director:
«Uno de los movimientos artísticos que surgieron en los años veinte propulsado por cineastas y documentalistas soviéticos fue el excentricismo y en su excéntrico manifiesto exclamaban: “Proponemos el estudio de las locomotoras… ¡Enseñaremos a querer la máquina!”.
Casi un siglo después esta revista con noventa años cumplidos se manifiesta de la misma manera, proponiendo un estudio de los ferrocarriles en el arte y la literatura, entendiendo que es la mejor manera de enseñar a querer la máquina…»
Agradezco a los editores de «Litoral» el haberme invitado a abordar (en la sección «Trenes fantásticos», página 206) el presente número. 


En la estación
A LAS TRES DE LA MAÑANA, una mujer salió del armario y me preguntó si faltaba mucho para que pasara el tren. Me quedé mudo, y ante mi descortesía, se metió de nuevo en el armario. No pude más que levantarme y abrir la puerta del mueble, correr para un lado y para otro las perchas, buscar en vano. A la madrugada siguiente, a la misma hora, la mujer reapareció y me hizo idéntica pregunta. En esta ocasión, tras observarla detenidamente —era pelirroja, de ojos grises, y tenía un lunar en el pómulo izquierdo—, atiné a decirle que no sabía, y volvió a marcharse. A la noche siguiente mudé el pijama por mi mejor traje y un ramo de flores. Puntualmente, la extraña salió del armario y formuló su acostumbrada consulta. Le reiteré que lo ignoraba, pero enseguida añadí que si yo fuera un tren, y ella aguardara mi paso, ni volando las vías lograrían retrasarme, y le entregué el ramo de rosas carmesí; entonces adornó su cabello con una de las flores y comenzamos a charlar. Durante varias semanas se continuaron nuestros encuentros al pie del armario: unas veces bailábamos; otras, organizábamos pícnics nocturnos; siempre reíamos. Una madrugada, imprevistamente, me reveló que su boleto vencía esa misma noche y que ya no volveríamos a vernos. Cabizbaja, me preguntó si la echaría de menos. Sonreí. Cuando la puerta del armario se cerró a nuestras espaldas aún alcanzamos a oír el silbato del tren en la lejanía.
.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...