miércoles, 11 de octubre de 2017

Nocturno



CUANDO se largó a llover, buscó algún reparo; pero las casas, pegadas hombro con hombro, carecían de cualquier gesto amable. Entonces descubrió que había un paraguas en medio de la calle. De tres zancadas llegó hasta él, lo abrió y volvió sobre sus pasos. Era un buen paraguas, como los de antes, con asta y mango de madera. Agradeció su suerte y caminó sin apuro. Poco le importaba que ahora lloviera a cántaros: bajo aquel paraguas la lluvia le parecía una cosa lejana, que sucedía en otra parte. Al cabo de unas cuadras notó que un hombre caminaba a la par de él, pero en la vereda de enfrente, y que no llevaba paraguas. Apretó el paso, y el otro hizo lo mismo. Aminoró la marcha, y el otro volvió a imitarlo. Bufando, se detuvo y se acercó al cordón de la vereda. El otro también se acercó. Y de repente se sintió intimidado por aquella mirada aviesa y sin fondo. Aun así, se cargó de valor.
—¿Qué quiere? —le dijo.
—No se trata de lo que yo quiera, sino de lo que usted me va a tener que pedir —le respondió el otro, y desapareció al amparo de un relámpago.
Poco después, al llegar a su casa, el hombre intentó, primero, cerrar el paraguas, y luego, como no lo conseguía, dejarlo en la calle. Mas ahora el mango era una mano que oprimía con creciente fuerza a la suya. Azorado, apartó la vista, y volvió a ver al otro, en la vereda de enfrente, jugando con un bisturí entre los dedos de su única mano.
Entonces, dejó de llover.
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viernes, 29 de septiembre de 2017

Revelación



EN EL ANDÉN tomé asiento al lado de un hombre con una maleta. Hacía calor y el tren venía con demora. De repente, el hombre dejó la maleta sobre el banco y me pidió que se la guardase durante un instante. Asentí. Cinco minutos después, llegó el tren. Me puse de pie, caminé hasta la escalerilla del convoy y volví sobre mis pasos, varias veces. Por último, abordé el tren maleta en mano. Abandonarla hubiera sido una descortesía de mi parte; pero ahora me hallaba ante el problema de qué hacer para regresársela.  Entonces oí un «¡Cuac, cuac!» que provenía de su interior. Y luego otro y otro. Disimuladamente miré a los demás pasajeros, pero nadie parecía haberse percatado del asunto, pese a que los «¡Cuac, cuac!» iban in crescendo. Acto seguido, abrí la maleta y la voz cesó. Dentro había una muda de ropa, un cepillo de dientes y un patito de goma. Tomé al patito y lo apreté, pero no emitió ningún sonido. Acalorado, me aflojé la corbata y abrí la ventanilla. El patito me miró, dijo «¡Cuac, Cuac!», y salió volando. Tras cerrar la maleta, me hundí en mi asiento. Poco después el hombre de la maleta se sentó a mi lado.
—¡Gracias por guardármela! —dijo.
Iba a comentarle sobre mi indiscreción, cuando sacó el patito de goma de un bolsillo y lo volvió a la maleta. Al observar mi cara, dijo:
—No se preocupe, si no la hubiese abierto, nunca lo hubiera podido encontrar.
Coincidimos; y pensé en preguntarle cómo había abordado el tren, pero un último «¡Cuac, cuac!», para mi sorpresa, me reveló el misterio.
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viernes, 15 de septiembre de 2017

Vuelo 232 a Marte



ERAN las 2:17 —recuerdo con precisión la hora porque no podía dormir y alternaba la mirada entre mi reloj y el espacio—, cuando apareció aquel solitario astronauta. Atónito, me refregué los ojos, volví a mirar a través del ojo de buey y traté de despertar, sin fortuna, al pasajero a mi lado. Luego llamé a la azafata por el intercomunicador, pero tampoco obtuve respuesta. El resto del pasaje parecía profundamente dormido. Quise gritar para que despertaran y vieran lo que yo estaba viendo, pero un nudo en la garganta me lo impedía. El astronauta ahora agitaba sus brazos saludándome y comenzaba a acercarse a la astronave. A las 2:29, alcanzó mi ojo de buey, se quitó uno de los guantes y posó la palma de la mano sobre el vidrio, y yo, impensadamente, lo imité. Las siluetas de nuestras manos calzaban de tal manera la una en la otra, que cualquiera hubiera dicho que pertenecían a una misma persona. Entonces leí en sus labios la palabra «Gracias». A las 2:32, pude observar, aterrado, cómo la astronave se alejaba con aquel desconocido acomodándose en mi asiento.
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jueves, 24 de agosto de 2017

Volubles



COMO todos los domingos, vas al supermercado. Sacás la lista y comenzás a llenar el carrito: yerba, azúcar, café, almendras, espaguetis… De pronto mirás el carrito y descubrís un patito de goma entre la mercadería. Te rascás la cabeza y lo dejás junto a las latas de tomates. Proseguís: papel higiénico, jabón tocador, champú…, y volvés a descubrir al patito dentro del carrito. Lo agarrás y lo observás detenidamente, parece un muñeco de lo más común, pero se te eriza la piel al notar cierto brillo en sus ojos. Sin dilaciones, lo abandonás junto a las cremas de enjuague. Y comenzás a tararear una canción. Ya en la zona de productos cárnicos, metés en el carrito una colita de cuadril y medio kilo de bola de lomo, y te sorprendés suspirando al comprobar que no hay aves…; pero cuando te vas a regalar una tira de asado para celebrarlo, otra vez el patito se encarama entre la mercadería del carrito. Te pasás una mano por la boca y dejás al patito encerrado entre las carnes congeladas. «¡Ojalá que nadie me haya visto!», murmurás, y aunque aún te faltan bastantes productos que tachar de la lista, enfilás hacia la caja registradora. Pensás que lo mejor es aprovechar la ventaja táctica, y un instante después te reprochás por pensar de manera tan ridícula. Dudás entre volver o continuar con la huida, cuando la cajera te espeta:
—¡Lo siento, pero no puede llevarse el patito!... No tiene código de barras.
Entonces se te sube la sangre a la cabeza: como consumidor, no soportás que te nieguen tus derechos.
—¿Qué? —gritás—. ¿Usted me está tomando el pelo? ¿Cómo se atreve? —y le largás una perorata interminable.
Enseguida acude el gerente, quien, para congraciarse con el resto de la clientela, te obsequia el patito. Sonreís. Pero al llegar al auto, el patito se baja del carrito y retorna al supermercado.
—¡Disculpe! —se voltea a decirte—, pero a mí también me cabe cambiar de opinión.
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Foto © Autor desconocido
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miércoles, 9 de agosto de 2017

Noche de naipes



—Treinta y dos —cacareé.
Y al tiempo que Felipe me respondía «Treinta y tres», entró un tipo corriendo al bar. Tenía la cara roja, los ojos saltones y la lengua afuera.  
—¡Cierren puertas y ventanas!... ¡Rápido!... ¡Por favor!... —vociferó.
—¡Cálmese, amigo! —le dijo Juan, el dueño del bar, mientras le tendía un vaso de ginebra—. Beba, y después cuéntenos qué le pasa.
El hombre narró que una especie de bestia lo había atacado y que venía tras él. Al Tata Brown se le escapó una sonrisita, y el tipo, sin mediar palabra, se desnudó el pecho. Tres surcos, como de garras, lo recorrían.
—Alguna que otra vez estuve con la Gladys... ¿Te acordás, Héctor? —me inquirió Marcos, guiñándome un ojo—. Te dejaba cada rasguñón la guacha…
—Me parece que nunca como éstos, Marquitos. ¡Mirá bien!
Marcos miró bien, se rascó la cabeza y silbó.
—¡Sí, tenés razón! Esto es otra cosa.
Entonces oímos un aullido, y Juan cerró la puerta.
—Ya es tarde —dijo.
Y tras un breve silencio, propuse llamar a la policía; pero el teléfono del boliche estaba roto, y un grupo de vejetes como nosotros no era precisamente partidario de los celulares. Avancé entonces con otras propuestas: curar al tipo, y echar cartas para determinar quién iría hasta la comisaría. Juan embebió una servilleta con aguardiente, se tomó un trago del pico de la botella, y después puso la servilleta sobre la herida del extraño. Por mi parte, mezclé las cartas, y no bien ofrecí el mazo para que tomaran una, Marcos dijo:
—¡Dejá! Voy yo.
Él era así, loquito pero valiente como un oso.
Por eso, cuando quince minutos después volvió al bar, blanco como un fantasma, para desplomarse frente a nosotros, supimos que algo andaba realmente mal. Felipe, que aún aferraba las cartas del treinta y tres en una mano, le tomó el pulso.
—Está muerto —lagrimeó.
—Y de miedo —añadió el borrachín de Lucas que, tambaleándose, se había acercado al grupo. Y aún dijo—: ¡Mírenle la cara! —antes de pedir un café doble con una pizca de coñac. Requerimiento que, lógicamente, cayó en saco roto.
—¿Y si esta vez sí echamos suerte? —dije para volver a romper el silencio.
Al poco, Felipe me entregó las cartas del envido y el dos de copas que lo expulsaba.
—¡Cuidame la mano hasta que regrese! —me dijo.
Jamás volví a saber de él. Me gusta pensar que aquella noche Felipe se marchó del pueblo, y que debe andar por ahí, en el bar de alguna gran ciudad, cantando envidos y trucos.
La cuestión era que sólo quedábamos cuatro parroquianos en el local, cuando propuse que aguardásemos, sin cometer ninguna otra osadía, la llegada del amanecer.
Entonces Juan marchó hasta la barra y sacó una escopeta.
—Nunca la usé —dijo—, pero esto se termina ya.
Poco después escuchamos un disparo, un gemido, como de perro apedreado, y un grito que sólo podía provenir de la boca de Juan, según dijo el Tata Brown. Íbamos a cerrar la puerta con llave y bajar la persiana, cuando la criatura entró como un torbellino sanguinolento en el bar. Y el Tata aún tuvo tiempo de exclamar «¡El chupacabras!», antes de que la bestia cayera sobre él. Entonces agarré una silla y se la partí al bicho en el lomo. Y luego otra, y otra. Y la bestia ya no volvió a levantarse.
—¡Bien hecho! —dijo el extraño, mientras apoyaba sobre mi hombro una mano que se transformó en garra.
Y de pronto me vi de espaldas al suelo, y sentí que me hendían el pecho como si fuera de papel. Y oí un disparo, y antes de desmayarme, alcancé a observar, como Juan, malherido, desde el vano de la puerta, remataba a la criatura.
Una semana después supe que los únicos sobrevivientes de aquella noche habíamos sido Lucas y yo. Pero la policía estaba interesada en conocer mi versión de los hechos, ya que habían desestimado la del borrachín.
—Ése se bebió hasta el perfume de la noche —dijo el comisario al tomarme la declaración, y entre risas, agregó—: ¡Chupacabras! ¡Lo único que nos faltaba!
Sonreí.
Desde entonces voy de pueblo en pueblo y de víctima en víctima, con el exborrachín de Lucas tras mis pasos. Lástima que, a diferencia de lo que sucede con los hombres lobos, para matar a un chupacabras no se requiera de algo tan romántico como una bala de plata.
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El presente relato ha sido publicado (páginas 88-90) en el número 2 de «La sirena varada, revista literaria bimestral», que lleva adelante la Editorial Dreamers, de México. La versión digital puede descargarse desde la web de dicha editorial.
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lunes, 24 de julio de 2017

Mary



LA NIÑA está sentada sobre la cama. A su lado, Mary le hace compañía. La madre le ha dicho que se arregle, que van a salir y que no van a volver. La niña no entiende lo que quiere decir con que no van a volver, si siempre que salen, aunque vayan muy lejos, como cuando fueron a visitar a la abuela, siempre vuelven. Hay muchas cosas que la niña no entiende, pero no se preocupa, porque sabe que su mamá siempre vela por ella. Lo único que tiene que hacer ahora es arreglarse para salir. Pero primero debe poner linda a su Mary. Para ello elige un vestidito largo a cuadros, un pañuelo floreado para el cuello y dos anillitos de cristal. Luego la peina amorosamente y va a buscar las botitas azules que guarda en el ropero. Entonces entra su mamá con una valija, toma de la mano a la muñeca y le dice: «¡Vamos, Angélica!». Pero la mano libre de la muñeca se enreda con las sábanas y retiene a la mujer. La atribulada madre se percata de su distracción y abraza entre lágrimas a la niña. Y la niña, que también llora, acaricia la cabeza de su mamá, y ve —si bien de grande se convencerá de que creyó ver— cómo Mary le guiña un ojo.
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