miércoles, 15 de marzo de 2017

En la buhardilla



LOS SÁBADOS de madrugada, mientras me cree dormido, mamá sale de casa y regresa siempre con un extraño. Tras cuchichear brevemente en el living, los invita a subir a la buhardilla. Con cautela, los sigo; pero como echan llave, no sé lo que hacen. Me imagino que practican algún tipo de arte marcial, porque mi mamá suele abandonar la habitación con la ropa desarreglada como en los combates de yudo. Pero tengo la seguridad de que ella siempre gana, y de que ésa es la razón por la cual nunca he visto a nadie salir de la buhardilla. Muertos de vergüenza, los tipos se escapan por la ventana. Sin embargo, hace un mes, la puerta quedó sin llave.
Mamá se hallaba en el centro de una telaraña gigante, y a su lado yacía, medio envuelto en un capullo, el extraño de turno. Al verme, ella ocultó su rostro tras sus ocho extremidades y me suplicó que cerrara la puerta. Desde entonces mamá se la pasa llorando en la buhardilla. ¡Y para colmo está tan demacrada! Lo mejor será que ponga un aviso ofreciendo la buhardilla a hombres solos.
Safe Creative #1703101090121

El presente texto obtuvo el 2º premio en el 3º Concurso de Microrrelatos de Terror de Sabadell y Librerío de la Plata (marzo de 2017).
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martes, 28 de febrero de 2017

Últimas cortesías



EL HOMBRE arrojó una palada de tierra y recién entonces se dio cuenta de que la mujer conservaba los ojos abiertos. Sin pensarlo, clavó la pala en el suelo y descendió al pozo. Una, dos, tres veces pasó su mano por aquellos ojos que, en otras tantas ocasiones, volvieron a abrirse. Bufó. Durante veinte años ella nunca le había dado el brazo a torcer, y pese a las limitaciones de su nueva circunstancia, parecía dispuesta a seguir con su costumbre. El hombre, incapaz de resignarse a esta última derrota por pequeña que fuese, salió de la fosa raudamente. Tras desordenar media casa, regresó con el pegamento que su mujer le había encargado comprar. Leyó el prospecto, le cerró los ojos y, manteniéndolos apretados, los colmó de adhesivo. Cinco minutos después, al retirar la mano, la mujer volvió a abrir los ojos con el añadido de que se clavaron, viva e intensamente, en los suyos. El hombre profirió un alarido al tiempo que una palada de tierra golpeaba su rostro. Pensó que era eso lo que súbitamente le vedaba la visión, pero, tras recibir una segunda palada, la mujer dijo:
—Yo tampoco quería que te entrase tierra en los ojos.
Safe Creative #1701200405808

Foto © Desconocido
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sábado, 18 de febrero de 2017

Ropa de estación



CON LA LLEGADA de los primeros fríos, te dirigís al armario y buscás en el segundo cajón aquel pulóver verde con filigranas de ositos.  Ponés el pulóver sobre la cama y sacás de otro cajón un par de medias gruesas de lana. Luego abrís la puerta con luna y pasás percha tras percha, hasta que das, debajo del guardapolvo, con la camisa leñadora que tanto le agrada. Finalmente, cuando la muda de ropa está completa, apagás la luz y salís de la habitación esbozando una leve sonrisa.
Durante días y más días la ropa persiste allí, intacta; como intacta persiste tu esperanza de que un día ya no la encuentres sobre la cama… Y que lo de la curva no haya sido más que un largo y triste sueño de invierno.
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jueves, 19 de enero de 2017

A un metro y medio de altura



AL APARTAR la vista del libro, lo veo. Atónito, limpio mis anteojos y vuelvo a mirar. Un gorrión, en efecto, se ha quedado suspendido en el aire. La gente discurre tan abismada en sí misma que nadie más que yo se da cuenta de esta singularidad. A poco, y tras pasarle una mano por arriba para constatar que ningún hilo invisible lo sostiene, noto que el gorrión alterna su mirada entre mi persona y el piso. Me acuclillo para buscar no sé qué, y, justo antes de pararme, descubro fortuitamente algo en su pecho. Entonces, con delicadeza, le doy cuerda.
Safe Creative #1701080315839

El presente texto obtuvo una mención en el IV Certamen de Microrrelatos "Realidad Ilusoria".
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martes, 3 de enero de 2017

Litoral



En el número 262 de la revista «Litoral» (aquélla que naciera en tiempos de la generación del 27), dedicado a los trenes, ha aparecido publicado mi microrrelato «En la estación». La revista, que más que revista es un libro, hace un recorrido por la presencia del tren en el arte y la literatura. En palabras del director:
«Uno de los movimientos artísticos que surgieron en los años veinte propulsado por cineastas y documentalistas soviéticos fue el excentricismo y en su excéntrico manifiesto exclamaban: “Proponemos el estudio de las locomotoras… ¡Enseñaremos a querer la máquina!”.
Casi un siglo después esta revista con noventa años cumplidos se manifiesta de la misma manera, proponiendo un estudio de los ferrocarriles en el arte y la literatura, entendiendo que es la mejor manera de enseñar a querer la máquina…»
Agradezco a los editores de «Litoral» el haberme invitado a abordar (en la sección «Trenes fantásticos», página 206) el presente número. 


En la estación
A LAS TRES DE LA MAÑANA, una mujer salió del armario y me preguntó si faltaba mucho para que pasara el tren. Me quedé mudo, y ante mi descortesía, se metió de nuevo en el armario. No pude más que levantarme y abrir la puerta del mueble, correr para un lado y para otro las perchas, buscar en vano. A la madrugada siguiente, a la misma hora, la mujer reapareció y me hizo idéntica pregunta. En esta ocasión, tras observarla detenidamente —era pelirroja, de ojos grises, y tenía un lunar en el pómulo izquierdo—, atiné a decirle que no sabía, y volvió a marcharse. A la noche siguiente mudé el pijama por mi mejor traje y un ramo de flores. Puntualmente, la extraña salió del armario y formuló su acostumbrada consulta. Le reiteré que lo ignoraba, pero enseguida añadí que si yo fuera un tren, y ella aguardara mi paso, ni volando las vías lograrían retrasarme, y le entregué el ramo de rosas carmesí; entonces adornó su cabello con una de las flores y comenzamos a charlar. Durante varias semanas se continuaron nuestros encuentros al pie del armario: unas veces bailábamos; otras, organizábamos pícnics nocturnos; siempre reíamos. Una madrugada, imprevistamente, me reveló que su boleto vencía esa misma noche y que ya no volveríamos a vernos. Cabizbaja, me preguntó si la echaría de menos. Sonreí. Cuando la puerta del armario se cerró a nuestras espaldas aún alcanzamos a oír el silbato del tren en la lejanía.
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lunes, 26 de diciembre de 2016

La muralla



INTENTÓ pasar entre ellos, pero los hombres formaban una auténtica muralla de espaldas alrededor del accidente. Disgustado, se trepó a una de las espaldas, pero el tipo se lo sacudió de encima, como si se tratara de un muñeco. «¡Será mejor que no lo vea!», le previno alguien. La advertencia, lejos de desanimarlo, lo empujó a arremeter contra el baluarte. «¡Váyase!», le ordenó una voz, y otras muchas voces se hicieron eco de la orden. Pero no se amedrentó. Se distanció unos pasos, tomó vuelo y alcanzó a saltar por encima de la multitud. Lamentablemente, el aterrizaje no fue bueno. Se había roto las piernas y el dolor le nublaba la vista. «Creo que voy a desmayarme», dijo, cuando oyó una seguidilla de frases. «¡Será mejor que no lo vea!», «¡Váyase!», «¡Váyase!». De pronto, pareció comprender, y suplicó que dejaran pasar al tipo del otro lado de la muralla. Los hombres se miraron y asintieron con una sonrisita. Una de las espaldas le abrió un hueco justo para verse a sí mismo a punto de saltar. Con paso firme, penetró en el círculo, pero no había nadie dentro. Suspiró. «Pensé que…», comenzaba a decir, pero advirtió cómo el círculo se volvía a cerrar y, aun luego de refregarse los ojos y sacudir la cabeza, pudo comprobar que todos y cada uno de aquellos hombres repetían su rostro.
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